BATALLA DE CHACABUCO / 12 FEBRERO 1817

San Martín había dispuesto picar la retaguardia de las avanzadas enemigas que se retiraban para entretener al ejército realista, creyéndolo acampado en el cerro de Tauretes, junto a las casas de Chacabuco. El avance improvisado de Maroto hasta el llano de Las Margaritas y la natu­raleza del terreno que separaba las divisiones patriotas había cambiado totalmente el panorama táctico que había servido de base al dispositivo. O'Higgins no podía avanzar sin embestir al grueso del ejército realista, ni retroceder sin exponerse a un desastre. Las lomas suaves del cerro de los Halcones, que se extendían a unos 300 pasos de las posiciones enemigas, eran el único punto que permitía desplegar en batalla la división. Así es que, tras de corta hesitación, al parecer aconsejado por el comandante Cramer, ex oficial de los ejércitos de Napoleón, resolvió avanzar hasta ellas. Al mismo tiempo, despachó un propio al general, para informarlo de lo que ocurría y pedirle que apurara la marcha de la división de Soler y que le enviase refuerzos.

Antes de formar las tropas de infanteria, O'Higgins dio orden al coro­nel Zapiola de que cargara con los escuadrones de granaderos a caballo. que ya se habían reunido, sobre los infantes de Mijares, que continuaban replegándose hacia las posiciones de Maroto y sobre los carabineros de Abascal, que protegían su retirada. Zapiola desplegó su regimiento más abajo del portezuelo; pero, advirtiendo que ya los realistas ocupaban posi­ciones y que iba a caer bajo sus fuegos. sin que la infantería patriota estu­viera aún lista para apoyarlo, después de un tiroteo con la caballería de Quintanilla se limitó a posesionarse del cerro de los Halcones, que los guerrilleros realistas habían desamparado.

Momentos más tarde, llegó O'Higgins con la infantería a la ladera po­niente del mismo cerro de los Halcones, y formó su línea de batalla a 300 pasos de la realista. El batallón N° 7, al mando de Conde, quedó a la de­recha patriota y el N° 8, del comandante Cramer, a la izquierda. La ca­ballería pasó a retaguardia. Eran más o menos las 11.45 de la mañana y hacia un calor insoportable. El fuego de fusil se prolongó cerca de una ho­ra, con tan acentuada ventaja para los patriotas que cuando el ba­tallón de Talaveras, hacia el final de la batalla, formó cuadros contra la caballería ya había perdido casi la mitad de su efectivo. Pero los cañones realistas, admirablemente manejados, empezaron a abrir algunas brechas en la caballería, que estaba atrás, y a causar bajas en la infante­ría. En este momento. Zapiola mandó al teniente Rufino Guido que fuera a imponer a San Martín de la situación imprevista que se había producido (Espejo y Guido). La posición de O'Higgins se tornaba por momentos más y más difícil. Carecía de cañones para proseguir indefinidamente el com­bate a distancia, y ni Soler ni San Martín daban señales de vida. El co­mandante Cramer, aunque de carácter difícil. era un oficial hábil, for­mado en la primera escuela táctica del mundo, y tenia una larga expe­riencia militar. Se dio cuenta exacta del nuevo panorama estratégico-táctico: el retiro de Maroto a Colina, apenas desembocaran las avanzadas de Soler, y la pérdida de la única oportunidad de batir en detalle al ejérci­to realista. Acercándose a O'Higgins le propuso: "General, carguémoslos a la bayoneta". Este último, cuya lentitud mental no le permitía darse cuenta de la situación con la rapidez de su subalterno, se resistió, pero co­mo Cramer insistiera con energía acabó por asentir, diciendo: "Y si no se hace, me llevan los diablos". Organizaron dos columnas de ataque conforme al modelo napoleónico, y las dirigieron sobre el a la derecha enemiga, formada en esos momentos por el batallón Talaveras. Al mismo tiempo, O'Higgins ordenó a Zapiola que cargara con los granaderos sobre el centro realista, formado por el Chiloé; que en realidad hacía de flanco izquierdo por la distancia a que quedaba el Valdivia. O'Higgins tenía la superioridad numérica en el sector que atacó, el fuego de fusilería había clareado las filas del Talaveras y el asalto estaba bien dispuesto. La ba­talla de Chacabuco debió decidirse en esa carga. Pero lo imprevisto dispu­so otra cosa. Ni O'Higgins ni Cramer, que, como hemos dicho, era un ofi­cial de escuela; ni Zapiola ni nadie, se acordó de reconocer el terreno en que iba a cargar la caballería. Los granáderos se encontraron detenidos súbitamente por el profundo cauce del arroyo de Las Margaritas, que no habían visto, y que no podían pasar en formación de ataque, y arredra­dos por el fuego de flanco de la guerrilla realista del camino, en la imposi­bilidad de retroceder, se precipitaron en desorden sobre las columnas de ataque del N° 7, desorganizándolas. Las del N° 8 se dispersaron también al llegar a un pequeño zanjón, que corría por delante de la línea realista, y recibir las descargas cerradas de los Talaveras. Los dos cuerpos de infan­tería patriota retrocedieron en desorden, pero sin sufrir grandes bajas, hasta el cerro de los Halcones, donde se reorganizaron, fuera del alcance de los fuegos del enemigo. Un avance del Chiloé fue rápidamente conteni­do.

Una vez rehechas las columnas, O'Higgins y Cramer las condujeron de nuevo al asalto, lanzando esta vez la caballería contra el flanco derecho y la infantería contra el centro, y colocándose ambos jefes a la cabeza de las columnas. "O'Higgins y Cramer - dice José María de la Cruz - fueron los soldados de cabeceras del ataque. "El ejemplo de los jefes arrastró a la tro­pa. El grueso del Chiloé, que, como hemos visto, había avanzado desde su primera posición a otra situada más adelante de la línea del Talaveras, retrocedió en desorden, y enseguida se desbandó. "Procuraban sólo la fu­ga, con desprecio de los golpes de nuestros sables", dice Maroto. Zapiola cargó sobre el flanco derecho realista arrollando a las compañías de cazadores del Chiloé y del Talaveras, que se habían desplegado en guerrillas sobre las faldas del cerro del Guanaco. Las demás compañías del Talaveras, que defendían esa ala, formaron cuadros y recibieron a los granade­ros con un fuego nutrido. Mas Zapiola, ganando las faldas del cerro que no es escarpado, cargó con tal ímpetu sobre su flanco derecho, que lo deshizo. En esos mismos momentos un pelotón de caballería, que Quinta­nilla estima en 350 hombres, rompió la línea realista entre la extrema iz­quierda del Talaveras y la derecha del grueso del Chiloé, y pasándose a llevar a los artilleros, se trabó en un corto combate con los carabineros de Abascal. La infantería de O'Higgins y de Cramer, ya vencedora, acu­dió en auxilio de la caballería; Zapiola, después de romper el cuadro for­mado por los Talaveras, rebasó el ala derecha realista y dio una segunda carga sobre la infantería y la caballería enemigas, que se retiraban en pe­lotones semidispersos. Con estas dos últimas cargas, los restos del ejército realista huyeron a la desbandada hacia las casas de Chacabuco, dejando en el campo más de la tercera parte de sus efectivos. Era la una y media P. M.

En esos momentos llegó el capitán Salvadores con su compañía y ani­quiló al destacamento del Valdivia. apostado en el pequeño morro del cerro del Chingue, que protegía la retirada. Unos cuantos soldados de la flanco guardia de la primera división, al mando del teniente Zorrilla ade­lantándose a Salvadores, alcanzaron a unirse a las fuerzas de O'Higgins en la segunda carga. Poco más tarde, llegaba el grueso de la división Soler, en el momento psicológico, produciendo un completo envolvimiento del flanco izquierdo y de la espalda. El 4° escuadrón de granaderos, mandado por Ramallo, concluyó con los restos del Chiloé que habían alcanzado a huir. La infantería de Soler dispersó sin esfuerzo a un pequeño grupo de Talaveras que se habían hecho fuertes en la viña de Chacabuco. A las 2 de la tarde, la batalla había concluido. La persecución de la caballería se detuvo en el portezuelo de Colina.

De los 1.400 hombres del ejército realista, 500 quedaron tendidos en el campo, 600 cayeron prisioneros, 130 alcanzaron a replegarse a Santiago y 170 se dispersaron por los cerros, muchos de ellos heridos. Murieron los comandantes Elorreaga, Arenas, Marqueli y Vila. Piquero y San Bru­no cayeron prisioneros. Este último se había salvado, pero volvió a la línea de combate para disparar un cañón cargado que quedó sin sirvientes. Cuando lo presentaron a O'Higgins, éste le preguntó "cómo se había ex­puesto a caer prisionero". Su respuesta fue: "Por cumplir mi deber, señor general. He podido escapar mejor que los demás, porque montaba el me­jor caballo. No pudiendo contener mi tropa, he vuelto a disparar el último tiro" (De la Cruz). Maroto se esforzó hasta el último instante para con­tener a los fugitivos y permaneció en la línea de fuego, por simple quijote­ría, cuando ya de nada podía servir su presencia. Se abrió paso el último, a filo de sable, y se salvó ligeramente herido, gracias a la casualidad de en­contrar en la casa de Chacabuco un buen caballo ensillado, cuando ya el suyo no podía acompañarlo. Quintanilla escapó no menos providencial­mente, después de hacer prodigios de valor.

Los patriotas tuvieron, 1 oficial muerto y 10 heridos, y 10 soldados muertos y 89 heridos, o sea, 110 bajas en un efectivo de más o menos 1.500 hombres que tenía la segunda división. Las bajas de Soler, que fueron casi nulas, están incluidas en estas cifras.

O´´Higgins, que estaba en su día, comprendió que las fuerzas de San­tiago, unos 1.600 hombres, no atreviéndose a abrirse paso hacia el sur, iban a huir completamente desmoralizados hacia Valparaíso, y pidió 1.000 soldados de la división de Soler para perseguirlos e impedirles ganar los buques, mientras San Martín seguía a Santiago con los 2.400 restantes. Pero el general, quien siempre fue pacato y que, por complexión mental, prefería perder una oportunidad brillante antes que exponerse a un contraste, estaba bajo la impresión nerviosa del rechazo del primer asalto de O'Higgins. Además, creía haber batido sólo a una división enemiga; esperaba por momentos que apareciera un segundo ejército realista y quería tener sus fuerzas reunidas.


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